martes, 6 de febrero de 2018

'Las dos inglesas y el amor', el amor que queda


Puede que François Truffaut sea el director que mejor habló del sentimiento amoroso en el cine tocando todos los palos y vertientes posibles en algo que nos fascina tanto como nos complica la vida, y que curiosamente el cine ha ayudado a tergiversar hasta límites insospechados con su visión del amor romántico. Pero el director francés, que murió a la temprana edad de 52 años dejando al cine en buena parte desnudo, sin dejar de lado cierto romanticismo tenía los pies en el suelo mostrando sin filtros su mirada sobre el amor, y en concreto perfilando muy bien a los personajes femeninos, algo que pocas veces un director masculino ha sabido realizar con ingenio o veracidad. Truffaut era único en ese aspecto, y muchas de las actrices que trabajaron con él, caso de Fanny Ardant por ejemplo, atestiguaron el enorme conocimiento que el director tenía del universo femenino.


'Las dos inglesas y el amor' ('Les deux Anglaises et le continent', 1971) es una de las películas más personales de su autor, y también uno de sus mayores fracasos a todos los niveles. Con el paso del tiempo una vez más, la película fue adquiriendo más prestigio, pero en su momento el rechazo que provocó enfadó profundamente a Truffaut por haber puesto demasiado de él en una película que puede verse como un reverso de uno de sus mayores triunfos, la magistral 'Jules y Jim' ('Jules et Jim', 1962), cambiando el trío amoroso de dos hombres y una mujer a dos mujeres y un hombre. Al igual que aquella 'Las dos inglesas y el amor' está basada en una novela de Henri-Pierre Roché al que Truffaut adapta acompañado de su habitual Jean Gruault, consiguiendo una ejemplar comunión entre literatura y cine que por ejemplo serviría de guía a Martin Scorsese para su ejemplar 'La edad de la inocencia' ('The Age Of Innocence', 1993).
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La película narra el triángulo amoroso —esta película no es apta para aquellos que unan amor con posesión exclusiva— entre dos hermanas inglesas y un joven francés al que apodan "el continente". En la novela la historia se narra a través de cartas y monólogos lo que en un principio la hace difícilmente adaptable al cine —'Los puentes de Madison' ('The Bridges of Madiosn County', Clint Eastwood, 1995) partía del mismo problema y el resultado es antológico—, pero Truffaut salva muy bien la papeleta al lograr una maravillosa comunión entre el texto de Roché y el suyo propio. Con una puesta en escena casi inexistente, y con recursos como los personajes hablando a la cámara o una voz en off, del propio Truffaut y que muchos vieron como prescindible cuando en realidad aumenta el carácter literario de la historia, el director francés nos habla del amor físico ante todo. No hay demasiado sexo en el film, pero Truffaut se encarga de hacerlo latir de forma muy intensa a través de los diálogos. Pocas películas como ésta nos hablan con total sinceridad de la vital importancia del deseo sexual.
La delicadeza de Truffaut, unida a su extrema sensibilidad y en algunos casos elegancia formal, logra que el film no caiga en el error de considerar el sexo como algo vulgar o superficial en una relación. De suma importancia, probablemente la mayor de todas, el sexo en este film parece un personaje más que a capricho trastorna y vulnera las vidas de los personajes, algunos por su tendencia al mismo, otros por su ausencia y conduce a sentimientos internos desgarradores en los que un halo romántico no deja jamás de navegar por toda la historia. Sirva como ejemplo ese amor, casi enfermizo, que siente una de las hermanas a través de siete largos años hasta que logra intimar con el personaje central, Claude, interpretado por el actor fetiche de Truffaut, Jean-Pierre Léaud, ese extraño intérprete, malo podría decirse incluso, pero de un innato encanto que es prácticamente imposible que no caiga bien. La parsimonia de Léaud choca con la intensidad de las actrices Kika Markhaum, que da vida a Anne, personaje con claras reminiscencia de Emily Brönte, y Stacey Tendeter que da vida a la sufrida Muriel. Tan visible diferencia entre los tres es ante todo un acierto de casting.
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Con una cámara que parece invisible, colocada siempre en el lugar adecuado, Truffaut se desnuda en buena parte a través de Claude, personaje con elementos biográficos, y que pasa por diversos estados en su conocimiento del amor físico como él subraya una y otra vez. Del querer seducir a Muriel sólo porque la hermana quiere juntarle con ella, de hacer honor al carácter volátil del hombre cuando lejos ya de ella enseguida se olvida de ese amor tan laureado y se convierte en un seductor implacable, o cuando consume la atracción que sintió por Muriel siete años después de conocerla y quiere convertirse en su esposo sabiendo ella que no lo sería. El mencionado carácter volátil del hombre, y lo básico que resulta frente a la perseverancia, intensidad, entrega y pasión, casi cerebral, de la mujer. Arriesgado cuando el punto de vista suele ser el de Claude.
'Las dos inglesas y el amor' posee para mí uno de los finales más bellos y sentidos que ha dado el cine, y que me gusta revisar de vez en cuando por la sensación que produce. El epílogo nos lleva quince años después de todo lo acaecido y Claude, ya algo mayor, no ha tenido contacto con las dos hermanas. Paseando por un precioso parque en el que hay una estatua de Balzac —la película hace continuas referencias al arte como máximo modelo de expresión, siempre enriquecedora— y en el que la cámara se mueve con sutiles travellings delante de la misma mientras resuena la voz del propio director sumada a la inmensa banda sonora de Georges Delerue, uno de los habituales de Truffaut, y el paso del tiempo como juez sin compasión y la incertidumbre de un hombre que recuerda y busca a la hija jamás conocida de una de sus amadas. El tiempo que pasa y en nuestras mentes, al igual que en la de Claude, se pasean los instantes de besos entre una silla, de sábanas separando lechos, de despedidas de toda una noche, de amores compartidos, o de aquel paseo en bicicleta mientras Claude se fija físicamente en Muriel.

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