miércoles, 19 de junio de 2019

'Avatar', Cameron atávico


Mucho se habló, hace poco más de diez años, y se seguirá haciendo en los próximos de 'Avatar' uno de los fenómenos cinematográfico de los últimos años. El título que según su creador, revolucionaría el séptimo arte, dando un paso más en la evolución técnica. La opinión general —incluida la de la crítica— se divide en líneas generales entre los que la aman y la odian. Los segundos le achacan al último film de James Cameron el tener una historia muy superficial, mientras que casi todos parecen estar de acuerdo que a nivel técnico, la película es simple y llanamente sorprendente. Estoy de acuerdo, 'Avatar' posee una perfección a nivel visual que convierte al personaje de Gollum de la famosa trilogía de Peter Jackson—marcó un antes y un después en los efectos visuales— en un mal dibujo animado, y gente como Robert Zemeckis debe haber entrado en una profunda depresión tras verla.

Sigue sorprendiéndome que la película fuese atacada por su historia, como si en el pasado Cameron nos hubiese regalado en algún momento alguna historia que no fuese sencilla. Desde 'Terminator' ('The Terminator', 1984) hasta 'Titanic' (1997), pasando por 'Aliens' (1986) o 'Abyss' (1989), los films de Cameron se han servido, argumentalmente hablando, de historias llenas de clichés, de tópicos si se quiere utilizar dicha expresión, nunca han sido el colmo de la originalidad. Y ahora le piden a Cameron lo que nunca ha hecho. Sí es cierto que los fallos de 'Avatar' se encuentran en su guion, tan superficial como los de las anteriores películas de Cameron, pero hay en él la misma pasión, y una vez más consigue aquello para lo que siempre ha sido un genio, narrar con el poder de la imagen, fusionada a los grandes avances técnicos, muy del gusto del director.
El argumento de 'Avatar' puede recordar a muchas películas antes vistas, pero como dicen por ahí, Cameron es un director atávico. Sus historias retornan a lugares conocidos por el ser humano desde que el hombre es hombre. Una cultura, con la equivocada idea y utilización de la civilización, enfrentada a otra —en este caso, otra forma de vida, haciéndolo aún más universal— de la que no conoce absolutamente nada, hasta que uno de ellos se ve inmerso en dicho mundo, y sólo desde dentro llega a entenderlos, comprendiendo que pertenece al lugar equivocado. Una historia tan vieja que nadie sería capaz de recordar la primera vez que se narró. Podemos hablar de films como 'Bailando con lobos' ('Dances with Wolves', Kevin Costner, 1990), 'El último samurai' ('The Last Samurai', Edward Zwick, 2003) o la historia de Pocahontas, pero incluso ésas no eran novedosas. No entiendo cómo han sido capaces de echarle en cara a Cameron que su historia esté más vista que el tebeo, pues se hayan en ella una serie de matices que la enriquecen como pocas veces se ha visto.

Es cierto que los personajes parecen más descuidados, y algunos como el de Michelle Rodriguez parecen puestos en la narración con un único objetivo, una trampa de guión algo torpe. Pero gana en otros aspectos de indudable belleza. La lógica y muy coherente historia de amor entre sus dos protagonistas centrales se basa en la capacidad de uno de ellos para saber mirar. Saber mirar es saber amar es una de esas frases que he oído ya no sé dónde —sí lo sé—, y el film de Cameron lo ensalza muy inteligentemente. Planos tan sencillos como el de Zoe Saldana besando los ojos de un Sam Worthington moribundo, después de haberse visto tal y como son, no pueden ser menospreciados, al contrario, enriquecen un film aparentemente vacío para muchos. O la decisión de colores tan vivos como sencilla —otra vez la sencillez en la obra de Cameron como una de sus mejores armas— metáfora sobre la VIDA —así en mayúsculas— que los humanos están a punto de destruir. Un mundo con sus propias reglas, tan diferente como parecido al nuestro. En Pandora no hay sitio para lugares oscuros como había en 'Aliens', a pesar de existir criaturas voladoras difíciles de amaestrar, o monstruos que atacan cuando su hábitat corre peligro. Todo ese color alcanza la perfecta armonía cuando se unen para defender el mundo en el que viven, y que como todos los mundos, es necesario un equilibrio. ¿Cómo se le puede achacar a Cameron la sinceridad de su propuesta? ¿Por mezclarlo todo en un blockbuster? Yo le llamaría inteligente. Nos habla de cosas importantes sin pajas mentales ni artificios de ningún tipo, poniendo toda la carne en el asador, pero sobre todo poniendo pasión en lo que narra.
Porque si de algo hace gala James Cameron es de saber paliar las carencias de sus guiones con una arrebatadora puesta en escena, en la que la pasión por la acción —interna y externa— hace acto de presencia, revelando al director de 'Terminator' como uno de los mejores narradores del siglo XXI. Sus espléndidas secuencias de acción funcionan como catarsis emocional de personajes a los que lleva al límite. Los dos ataques de los marines, o la impresionante batalla final, deslumbran no sólo por la perfección técnica con la que están realizadas, sino por la gran coherencia dentro de lo que se está narrando, haciendo creíble algo que en manos de otro director sería risible. El gran sentido aventurero de Cameron hace de nuevo acto de presencia, y así nos brinda un film de aventuras en el sentido más clásico del término. Al igual que en 'Titanic', Cameron filma cine clásico con todos los avances técnicos a su alcance, logrando lo que pocos autores son capaces de hacer, que la diferencia entre las intenciones y los resultados sean mínimas. Si Clint Eastwood es un director que hace films que recuerdan a las viejas películas de los años 40, Cameron hace exactamente lo mismo pero con 300 millones de dólares. Se adentra en las emociones humanas más básicas, y sus films son todo un bálsamo en los tiempos que corren. Cine de entretenimiento de un clasicismo único, donde la tecnología —en este caso la 3D— está al servicio no de lo narrado, sino de la pasión con la que se narra, mientras muchos cegatos abandonan toda posibilidad de entendimiento, precisamente por no saber mirar.
Y no se confundan. 'Avatar' no es grande por estar filmada en 3D —inteligente operación de marketing, ni más ni menos, para llevar más gente a las salas, cosa que han conseguido con creces—, funciona perfectamente sin ese formato, al que todavía le queda mucho por andar. 'Avatar' funciona por la coherencia de su discurso —en el que no faltan claras connotaciones ecológicas, y un duro ataque al descerebramiento militar—, y sobre todo porque nos devuelve al origen mismo de la aventura —atávico Cameron hay que llamarle a partir de ahora—, a ésa que nos hace vibrar como cuando éramos niños inocentes, pues Cameron tiene algo de inocente, o al menos cree en esa característica humana como el último resquicio para la verdadera salvación de nuestra especie. Una inocencia que nos hace soñar con otros mundos, poderosamente creíbles gracias a la fuerza descriptiva de su creador.

'Avatar' nos devuelvió después de doce años al James Cameron de siempre, creando otro film-isla —¿os habéis dado cuenta de que nadie es capaz de imitarle?— en el que incluso se permite los autohomenajes —¿señales de identidad?— como el realizado con Sigourney Weaver, cuya primera aparición es tras salir del estado de hibernación, y a la que propone para un final que hubiera sido glorioso en la famosa saga comenzada por Ridley Scott, el de unirse a una especie alienígena lejos de combatirla. O sin ir más lejos, el personaje de Stephen Lang, que no hace de villano, hace de Terminator, amenazante y peligroso de verdad, dejando en evidencia todos los intentos de rejuvenecer la saga de la que Cameron es el único padre. El tercio final del film, en el que el director no se priva de crueldades es toda una lección a los supuestos directores de cine de acción que hay en la actualidad, un claro ejemplo de lo que es ritmo y planificación, asignaturas pendientes en el presente cine de acción.
Cameron pertenece a esa serie de directores de acción que se diferenciaban de los demás por su clara implicación con lo que narraban, porque sus personajes importan tanto como los de los más grandes dramas existenciales. John McTiernan, Richard Donner o Kathryn Bigelow son los primeros nombres que me viene a la mente. No sólo filman —o filmaban, y no, no hay nadie en la actualidad que filme acción como ellos— como nadie el espectáculo, además sus personajes nos importan.
Se hablaba en su momento de una posible trilogía. Ahora son cuatro secuelas más que Disney nos ira mostrando de aquí al 2027. Lo único que se me ocurre pensar al respecto es que a este paso, Cameron va a lograr que Sam Worthington se retire de la interpretación, porque ha conseguido que un personaje generado por ordenador sea mejor actor que él. Ver para creer, la máxima de Cameron.

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