viernes, 1 de febrero de 2019

'San Francisco', un gran espectáculo con la religión de fondo

'San Francisco’ (íd.,, W.S. Van Dyke, 1936) fue una de las primeras grandes producciones del subgénero que décadas más tarde, en los setenta, tuvo su época de esplendor, el catastrofista. El film de Van Dyke tuvo uno de los presupuestos más grandes de la época, concretamente 1,6 millones de dólares, y la película fue el éxito taquillero más grande de 1936. Su secreto, un terceto de estrellas, un guion en el que metió mano Anita Loos, y un despliegue de efectos fuera de lo común en aquellos años.
Van Dyke, que no está acreditado en una época en la que a veces y dependiendo del tipo de producción no se acreditaba a los directores, venía de una larga trayectoria en el silente, y además de sendos éxitos como ‘Tarzán de los monos’ (‘Tarzan the Ape Man’, 1932) o ‘El enemigo público número 1’ (‘Manhattan Melodrama’, 1934), esta última protagonizada por Clark Gable, que aquí se une por primera vez con una de las estrellas de la época, la cantante y actriz Jeanette MacDonald. A su lado, como espiritual nexo de unión, Spencer Tracy.


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‘San Francisco’ es una película que se divide en dos partes bien diferenciadas, la historia que encierra a los personajes de Gable y MacDonald, y la recreación del famoso terremoto ocurrido en 1906 y que permanece como uno de los recuerdos más tristes en la bella ciudad estadounidense, escenario de miles y miles de películas. El segundo ocupa únicamente la última media hora del film, momento bloque catártico de todos los personajes, sobre todo el Blackie de Gable, uno de esos sinvergüenzas maravillosos que le quedaban como anillo al dedo, y que en este caso debe luchar contra… su falta de fe.
Curiosamente todo ese tufo religioso es de lo peor que el film posee. El ateísmo de Blackie se verá enfrentado a cosas que no puede manejar. En dicho aspecto, el guion es algo maniqueo, al presentar al personaje como un ser encantador, que nunca jugaría sucio con nadie, pero al que al mismo tiempo le gusta tenerlo todo bajo control, como su relación con Mary Blake (MacDonald), la cual se irá de su lado, pero reencontrará milagrosamente tras el devastador terremoto, logrando que Blackie al final “crea”, para regocijo de su amigo de la infancia, convertido ahora en cura, Millin (Tracy).
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El propio actor reconocía que odiaba el final de la película, por eso el instante en el que se arrodilla y da gracias a Dios por haber encontrado al amor de su vida, está filmado con el actor de espaldas a la cámara, ya que le resultaba no sólo difícil, sino ridículo. Con la ironía de que, al hacerlo de esa forma, la secuencia tiene más fuerza, en un tramo final en el que la religiosidad campa a sus anchas, mezclada con el espíritu de superación del ser humano, y su fortaleza ante los grandes desastres. La emotividad de Van Dyke no deja lugar a dudas en esa parte.
El resto es un muy entretenido melodrama romántico, en el que además no faltan canciones interpretadas por MacDonald, muy bien medido por su director. Spencer Tracy, católico hasta la médula, lo cual le hacía perfecto para su papel, recibió la primera de las nueve nominaciones que tuvo en su carrera, y MacDonald da una perfecta réplica a un Gable absolutamente arrebatador y libre, a pesar de ese “giro” final en su personalidad. Un trío perfecto de actores para una relación maravillosa, con sus grises y desenfoques, pero desviada hacia el sempiterno camino recto que el catolicismo predica con falsas promesas, sin que Van Dyke se preocupe por hacerlo creible.
Los efectos visuales del film en todo su tramo final siguen deslumbrando a día de hoy, y fueron un ejemplo a seguir en futuras producciones. Directores como D.W. Griffith y Erich Von Stroheim, uno tras las cámaras, el otro en el guion, aportaron parte de su talento, nunca reconocido, a un film intenso y lleno de fuerza en sus aspectos humanos –la búsqueda desesperada de Blackie mientras observa como varias familias se reúnen en la desgracia− e ilógica en sus connotaciones religiosas. Con todo un disfrute de primer orden.

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