jueves, 31 de mayo de 2018

'Bird', el jazz hecho cine


De todas las películas sobre jazzmen que he visto, y probablemente las haya visto todas, ‘Bird’, de Clint Eastwood, me parece la más digna
Esta frase pertenece a Woody Allen, consumado cineasta que tiene la música jazz entre sus grandes pasiones. Aunque los gustos personales del director de ‘Manhattan’ tiran hacia el jazz más clásico, y Charlie Parker supuso toda una revolución dentro del género —fue el principal impulsor del bebop al lado de gente como Dizzy Gillespie—, es conveniente tener en cuenta la opinión de alguien como Allen, frente a la de otros cineastas como Spike Lee que sentenciaron que un film como éste sólo podía haberlo hecho un negro. Creo que la percepción de Allen es poco entusiasta, algo habitual en él, y la de Lee responde más a sus diferencias personales con el señor Eastwood, probablemente por algo más que una mera diferencia cromática.


Clint Eastwood siempre estuvo interesado en filmar una película sobre Parker, a quien tuvo la suerte de ver actuar cuando aún no era una estrella. Formaba parte de una banda allá por 1946 y un joven Eastwood de 16 años se quedó completamente prendado de la forma de Parker de tocar el saxofón. Desde aquel instante, el futuro realizador y actor, se preocupó de seguirle la pista al que se convertiría en uno de los genios más importantes del siglo XX. Si Parker ocupa un lugar de honor en la historia de la música, Eastwood le hizo el mejor homenaje posible con ‘Bird’ (íd., 1988), con el que se aparta totalmente del típico biopic, yendo mucho más allá de lo que cualquier cineasta haya llegado jamás.

El proyecto de la película esta en principio en manos de la productora Columbia, donde había intención de filmarla a finales de los años 70 con Richard Pryor de protagonista. Eastwood entró en conversaciones con los dueños de los derechos para convencerles de que le cedieran el proyecto; al final se hizo realizando uno de esos típicos intercambios en los que las dos partes pueden salir ganando. Eastwood cedió los derechos de un proyecto que estaba destinado a ser dirigido por él: ‘Revenge’, film que terminó haciéndose en 1990 con Kevin Costner, Madeleine Stowe y Anthony Quinn, siendo dirigida por Tony Scott. No me imagino, porque me da un miedo atroz imaginar cosas, ‘Bird’ protagonizada por un actor como Pryor. La interpretación de Forest Whitaker eclipsa toda posibilidad de imaginarse a otro actor dando vida a Parker.
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Whitaker fue precisamente una de las apuestas personales de Eastwood, que no quería grandes nombres de estrellas para el reparto de su película, sino caras desconocidas por el gran público, algo que puede verse como un riesgo enorme de cara a la comercialidad del film. Evidentemente en la Warner quisieron cubrirse las espaldas y a cambio de ‘Bird’ Eastwood tuvo que ponerse por quinta vez en la piel de Harry Callahan —junto con la presente las dos películas que Eastwood filmó en su etapa de alcalde de Carmel—, film que se estrenó comercialmente antes que ‘Bird’, y protagonizar también ‘El cadillac rosa’ (‘Pink Cadillac’, Buddy Van Horn, 1989), un film que se pensaba sería un éxito. Una vez más Eastwood intercalaba proyectos alimenticios con personales. Los primeros le proporcionaban estabilidad económica y los segundos representaban las verdaderas inquietudes del cineasta californiano.

Una declaración de amor al jazz

Decíamos antes que ‘Bird’ se apartaba del típico biopic y así es. Su intrincada estructura narrativa adentra al público en el mismísimo mundo del jazz. La película, que empieza con una cita de Scott Fitzgerald —“no hay segundos actos en las vidas americanas“—, y concluye con una dedicatoria del propio director —“a todos los músicos del mundo“—, es una demostración más de que Eastwood intenta siempre ir a contracorriente. Su estilo neoclásico da paso aquí al que probablemente sea el film más complicado y arriesgado de toda su filmografía. Huyendo de todo tipo de efectismos, el director sorprende en la construcción narrativa, alejada de la linealidad clásica, y aunque ya existía en el guión de Joe Oliansky —basado en las memorias de la viuda de Charlie Parker que asesoró a Eastwood en la filmación del film— es el propio realizador quien le infiere personalidad al introducir en su universo particular la figura de Parker y además convertir el film en todo un acto de amor hacia el jazz, la única expresión artística propiamente estadounidense al lado del western en palabras del propio Eastwood.
Dos años antes el director Bertrand Tavernier había maravillado al público con 'Alrededor de la medianoche' (‘Round Midnight’, 1986), un film que se inspiraba en las problemáticas vidas de los músicos Budd Powell y Lester Young, poniendo el personaje central en manos de otro músico, Dexter Gordon. Si el film de Tavernier es más una historia de amistad entre un jazzman y un fanático del jazz, sin dejar de lado el homenaje al estilo musical, la película de Eastwood se erige como el retrato no sólo de una forma de vida, sino de un genio —Parker, convertido en un personaje típicamente Eastwood— al que se describe tanto en su ascensión como en su caída. Una caída que, como en todos los perdedores que ha retratado Eastwood, pasa por caminar por el mismísimo infierno, traducido aquí en alcoholismo y drogadicción. Apuntemos que Charlie Parker murió a la edad de 34 años, y el médico que lo examinó dictaminó que tenía 65 años.
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A través de una complicada estructura de flashbacks, Eastwood construye toda una obra de orfebrería alrededor de la figura de Parker, donde al igual que en el jazz, deja espacio para la improvisación, creando distintas set pieces que fragmenta y une con inusitada pericia echando mano de alegorías tan sencillas como la del platillo volante que reproduce una de las anécdotas más famosas del músico cuando éste aún no había alcanzando la fama, y sirve no sólo para unir narrativamente algunas de la partes, sino para representar en cierto modo la trayectoria personal del propio Parker. Eastwood evita todo tipo de sensacionalismo, o de concesiones, huyendo del sentimentalismo y tomándose ciertas licencias —el músico Buster Franklin (Keith David) es una invención— que lejos de faltar a la verdad de los hechos denotan un dominio perfecto de la síntesis.
Eastwood no pretende reproducir con exactitud la vida de Parker, sino a través de ella hablar de un sentimiento. Además de alguna de las licencias comentadas, el director pasa por encima de algunos temas —las drogas— o al menos no lo hace tan directamente como cabría esperar tratándose de Parker. Pero Eastwood, amante de todo lo clásico, siempre fue un hombre de sutilezas en su cine. Efectivamente el único momento que vemos droga en la pantalla es aquel en el que uno de los músicos de la banda —Red Rodney (Michael Zelniker)— la consigue para drogarse en casa al lado de Parker. El resto es mostrar las consecuencias de la adicción, tal y como Eastwood hacía en un film de enormes paralelismos, 'El aventurero de medianoche' (‘Honkytonk Man’, 1982), junto con la presente el film más personal de su autor, en el que el personaje central tenía serios problemas con el alcohol.
El reparto de ‘Bird’ es absolutamente perfecto y aunque todos realizan excelentes interpretaciones es Forest Whitaker quien deslumbra por completo con una composición que brilla a la misma intensidad que la del genio recreado. Whitaker se convierte en Parker y compone uno de los mejores personajes autodestructivos —un tipo de personaje habitual en el cine de Eastwood— que se han visto en una pantalla. De una fragilidad que asusta Whitaker pasa de la euforia al pesimismo en un abrir y cerrar de ojos, y transmite sin dificultad alguna el infierno de su personaje mientras Eastwood lo convierte casi en un fantasma con la ayuda del operador Jack N. Green, cuyo trabajo de fotografía no puede ser más tenebroso, cercano a Caravaggio, se podría decir. Atención a la escena del envío de telegramas por parte de Parker a su esposa —sensacional Diane Venora—, cómo el interés por expresar el pésame y dolor por la pérdida de una hija se va convirtiendo en una petición desesperada de ayuda para sí mismo.
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‘Bird’ consiguió el globo de oro el mejor director y el premio al mejor actor en Cannes, entre otros, pero en los Oscars sólo fue nominado al mejor sonido, Oscar que se llevó por el sistema completamente revolucionario que Lennie Niehaus —antiguo jazzman amigo de Eastwood con una carrera musical imprescindible para cualquier amante del jazz— inventó para la ocasión: separar los solos de Parker —Eastwood llegó a contar con grabaciones caseras inéditas cedidas por la esposa del músico— y el resto de instrumentos fueron grabados de nuevo por músicos contemporáneos. Premio más que merecido. Aquel año se alzó vencedora una película titulada ‘Rain Man’ (id, Barry Levinson, 1988), recordable sólo por la interpretación de Dustin Hoffman. Era más fácil premiar un título complaciente e inofensivo como ése que la radiografía de un ser humano convertido en genio que termina destruyendo todo lo que ama al encontrarse con el peor lado de sí mismo. A nadie le gusta que le estampen la verdad en la cara, algo a lo que Eastwood nos acostumbraría en ocasiones posteriores haciendo algo que muy pocos cineastas se han atrevido a hacer: no pensar en el público.
La expresión —llámese también etiqueta— obra maestra se queda corta en esta ocasión.

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