jueves, 14 de septiembre de 2017

'Barry Seal: El traficante', el sueño americano ochentero



'Barry Seal: El traficante' es el erróneo título español que no hace justicia alguna al film en cuestión. El original 'American Made' es mucho mejor, primero por ser el original, obvio —maldita manía de querer "doblar" también los títulos en nuestro país, tema que daría para todo un libro de comedia—, y va acorde con el tono irónico de la propuesta. Una ironía a ritmo de frenesí, enmarcada del mainstream más descarado, aunque no por ello carente de eficacia. Doug Liman, hasta ahora orquestador de productos para el consumo de las masas, demuestra no estar encasillado como director, y entender, en cierto modo, el uso de la imagen ateniéndonos a la época representada en la historia.

Dejando a un lado sus peores trabajos —'Sr. y Sra. Smith' ('Mr. &Mrs. Smith', 2005) y 'Jumper' (íd., 2007)— lo cierto es que los logros de Liman van desde dar inicio a una de las franquicias de acción más rentables —e influyentes, llegando a provocar un evidente cambio en la saga 007— con 'El caso Bourne' ('The Bourne Identity', 2002), o logar comunión entre el lenguaje del séptimo arte y el de los videojuegos con la excelente 'Al filo del mañana' ('Edge of Tomorrow', 2014). Ahora, reunido precisamente de nuevo con Tom Cruise —con quien ya prepara la secuela de la citada— se adentra en el actualmente fácil campo de la (auto) crítica.




De hecho 'Barry Seal: El traficante' se suma a la moda de películas que toman como punto de partida un personaje real, alguien que casi siempre termina cruzando la línea que separa la ley de la ilegalidad, llegando a triunfar con un modo de vida que enseguida se ha asentado entre cierto sector de la sociedad. El trabajo de Liman puede recordar, sin disimulo alguno, a películas como 'Uno de los nuestros' ('Godfellas', Martin Scorsese, 1990), 'El lobo de Wall Street' ('The Wolf of Wall Street', Martin Scorsese, 2013) o 'Gold, la gran estafa' ('Gold', Stephen Gagham, 2016). Todas ellas, y algunas más, narran el ascenso y caída de hombres que, en un momento social muy determinado, aprovecharon el momento y se hicieron millonarios. Personajes que, dependiendo de cuál sea la mirada política de cada uno, en caso de tenerla, serán vistos como auténticos genios o como delincuentes/criminales que se burlaron no sólo del sistema, sino de mucha más gente.

La crítica hacia el sistema de vida de finales de los 70, principios de los 80, camina mediante una narración ligera, a ratos trepidante, sin apenas tiempo para pararse a reflexionar. Eso no significa que Liman no dé en el clavo, lo hace, porque narra para la audiencia de hoy día, y al mismo tiempo, desluce la base con esa taquicardia visual que a ratos encuentra la inspiración y en otros termina cansando. En cualquier caso, el director domina el ritmo, gracias sobre todo a haber reunido en la fase de montaje a tres editores con un muy buen currículum. Sear Klein, Andrew Mondshein y Dylan Tichernor han trabajado, respectivamente, para directores de la talla de Terrence Malick, M. Night Shyamalan, Paul Thomas Anderson o Kathryn Bigelow, entre otros. Un ritmo que hace que la acción nunca decaiga, siempre sin tiempo para profundizar, acorde con el pensamiento popular actual.

Pero si por un lado el ritmo no decae, lo cual no está nada mal en una película de casi dos horas, la planificación de Liman se antoja algo artificiosa, tirando incluso de maneras televisivas. Por otro lado, cortar rostros en la planificación, o esquinarlos en el encuadre de una cámara nerviosa resulta una metáfora demasiado obvia, demasiado manoseada, también demasiado fácil. Scorsese no renuncia a la elegancia aún en sus relatos más desenfrenados. Liman es uno de esos directores que creen que la cámara debe tambalearse cuanto más mejor.



Tom Cruise, quien para sorpresa del personal no se lanza a correr en una sola secuencia del film, juega, como decía, con su propia imagen cinematográfica, siendo muy consciente de que la balanza se inclina a su favor. El actor por fin va madurando a la hora de dar vida a personajes protagonistas moralmente discutibles. Sin excederse con sus habituales tics, sobre todo el exceso de sonrisa, pero con una innata capacidad para hacer de tipo insoportable —precisamente sus dos trabajos a las órdenes de Liman son un perfecto ejemplo— que va virando su imagen. Por supuesto se arrima con actrices muy jóvenes, cada vez más, y se olvida de algo fundamental: la compenetración con las mismas. Ésta y la infumable 'La momia' ('The Mummy', Alex Kurtzman, 2017) son los dos últimos casos. La tan ansiada eterna juventud se encuentra única y exclusivamente en la atemporal pantalla cinematográfica.

Con sus aciertos y sus fallos, y teniendo en cuenta su fecha de caducidad, algo que le ocurre a muchas de las películas actuales, más interesadas en impactar que en quedarse en la memoria, 'Barry Seal: El traficante' es un producto entretenido que  curiosamente brilla en su tramo final. La forma de cerrar la historia del personaje central, y la película en sí, es inesperada y atrevida, trastocando el estado mental del espectador. Liman nos obliga a pensar un poco. Qué osadía en estos tiempos.

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