jueves, 23 de noviembre de 2017

Críticas a la carta: 'A Ghost Story' de David Lowery


David Lowery subvierte hasta lo indecible el tradicional cuento de fantasmas en 'A Ghost Story' (íd., 2017), en la que ha vuelto a reunir a Rooney Mara y Casey Affleck después de 'En un lugar sin ley' ('Ain´t Them Bodies Saint', 2013), demostrando que ambos intérpretes poseen una compenetración perfecta en pantalla. Si en aquella se narraba una atemporal historia de amor rodeada de un mundo bañando en violencia, evocando miradas pasadas de autores como Terrence Malick e incluso Sam Peckinpah, dos películas después —ha habido un "intervalo" en el que el director ha aportado su particular mano al universo Disney en la nada desdeñable 'Peter y el dragón' ('Peter´s Dragon' 2016), remake superior a su original— Lowery sigue hablándonos del paso del tiempo, de la pérdida, del amor.



Para ello recurre al ratio 1.33:1, que era el que se utilizaba principalmente en la época del cine mudo, precisamente con una muy loable e inteligente intención: rendir tributo, en cierta medida, a la época del cine silente, realizando un discurso, prácticamente visual —lo que el cine ES—, alrededor del nacimiento y muerte del universo, del devenir de los acontecimientos imposibles de evitar, de que somos parte de algo mucho mayor en esa dimensión desconocida que algunos llaman existencia, y de lo cíclica de la misma. Las tradicionales historias sobre fantasmas, narradas a la luz de una hoguera cuando somos niños, vistas en cientos de películas antiguas y modernas, o leídas en el umbral de la vigilia, se reúnen en una sola, la que aquí Lowery filma con absoluta seguridad, eso que muchos directores no tienen y más tarde se excusan con argumentos sobre el presupuesto. Por cierto, el presupuesto de 'A Ghost Story' fue de 100.000 dólares.



La premisa de 'A Ghost Story' es bien sencilla —sencillez, una palabra que define a la perfección un film como éste, y cuyo "origen" a la hora de contar historias en imágenes puede encontrarse en miradas tan diferentes y lejanas como prácticamente directores han existido a lo largo y ancho del poco más de un siglo de existencia en este noble arte, desde Griffith hasta Eastwood, pasando por Billy Wilder o Andrei Tarkovsky—. Rooney Mara y Casey Affleck dan vida respectivamente a M. y C., un joven matrimonio en crisis. La estancia en una casa "con historia" parece una de tantas trabas para la pareja, sobre todo por el apego de él, hasta que deciden irse de allí. El drama auténtico aparece cuando él muere en un accidente de tráfico, pasando a otro nivel de existencia en el que vagará cual fantasma buscando esa verdad que le haga libre; siempre en esa casa que en vida tanto amó y que semeja una prisión.

Así, con más sencillez aún en la puesta en escena —evitando florituras innecesarias aprovechando toda la nueva tecnología que el director tiene a su alcance en la era digital—, Lowery nos mete de lleno primero en una historia de amor, dolorosa como todas las historias de amor truncadas por la muerte, más tarde la historia atemporal del fantasma encerrado en una casa por la que irán desfilando diferentes personajes en diferentes épocas. El manejo de las elipsis en ese tramo es ejemplar, midiendo muy bien el tempo interno de cada tramo —la familia hispana que termina percibiendo la presencia fantasmal, y que proporciona los únicos momentos terroríficos del film, los posteriores inquilinos, e incluso los primeros que se instalaron allí—, jugando al mismo tiempo con las posibilidades que el espacio/tiempo cinematográfico ofrece. Salidas continuas de su amada para señalar la rutina diaria, permanecer en una habitación vacía para, a continuación y siguiendo la mirada del fantasma, llenar la casa de habitantes, que están o no están, todo ello supeditado a la mirada de una narrador que hermana lo atávico y lo nuevo, uniendo comienzo y final en un loop existencial en el que se vuelve a demostrar que todo es cíclico.

Rooney Mara, actriz que crece a pasos agigantados, merecedora de tener ese canto a la vanidad llamado Oscar, mucho más que otras actrices coetáneas, compone un personaje completo a partir de prácticamente nada. Sólo miradas y gestos, apenas algún diálogo en su primer tercio. Affleck otro tanto de lo mismo, con la dificultad de una sábana cubriéndole todo el cuerpo; alegoría de la pérdida de la identidad terrenal, de camino al olvido, del ser alguien concreto a formar parte de un todo mucho más extenso a cualquier nivel. No está por casualidad ni para provocar únicamente la sonrisa, que la provoca, el par de secuencias en las que nuestro fantasma descubre y se comunica con el fantasma de la casa vecina, que no recuerda a quién —o qué— está esperando.



Existen dos puntos catárticos en la película. El primero sucede a los cuarenta minutos aproximadamente. M. abandona la casa, dejando atrás (superando) el trauma de la pérdida de la persona amada. La cámara de Lowey la acompaña en el coche, pegada a su rostro, realizando un inesperado cambio en el punto de vista que funciona mucho mejor a nivel emocional alejándonos con el personaje que si viéramos como se aleja, la cámara vuelve a un primer plano de la cabeza del fantasma, mediante la planificación y los "ojos" de la sábana sentimos una arrebatadora tristeza, la que baña, aún más, el resto de metraje, funcionado a modo de catarsis —la segunda— continua, y que encuentra su razón de ser en un discurso que recita uno de los muchos residentes pasajeros de la casa, hablando sobre la inutilidad de crear algo, sobre lo efímero de nuestra existencia y nuestros actos.

Dicho discurso hace enlazar la película con la citada 'En un lugar sin ley', en la que el personaje de Ben Foster soltaba otro discurso atronador e impactante acorde con la historia de los dos protagonistas, algo que ya puede convertirse en una de las señales de identidad en los films de Lowery.

Así el fantasma vagará por esa casa, incluso después de derruida y convertida en un gigante edificio. Vagará mucho tiempo en el futuro hasta volver al inicio, cuando dicha casa fue construida como sueño y esperanza de una familia; y todo volverá a comenzar. El director cierra detalles propuestos en el primer tercio del film, y rizará el rizo de la forma más sencilla posible. Un fantasma que se observa a sí mismo; que se observa a sí mismo observando; y la verdad liberadora encerrada en un trozo de papel escondido en la grieta de una pared, y cuyo contenido es ese secreto que pertenece por derecho propio única y exclusivamente a los amantes. La impecable banda sonora de Daniel Hart, apoyada en las cuerdas, y la fotografía de Andrew Droz Palermo completan el milagro mientras los ecos de Mankiewicz se oyen en algún lugar de la memoria.

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