martes, 13 de febrero de 2018

'Pesadilla diabólica', el impacto de la sugerencia


‘Pesadilla Diabólica’ (‘Burnt Offerings’, Dan Curtis, 1976) es un film semi-desconocido. Puede que el casi completo desconocimiento actual de la obra de un cineasta como Dan Curtis haya contribuido a pasar por alto una de las muestras más estimulantes del cine fantástico de la década de los setenta, y que nada tiene que envidiar a otras muestras del género firmadas por directores como William FriedkinRichard Donner o Peter Medak, de sobra conocidas por todo aficionado. En el caso del film que no ocupa, éste se inscribiría en el siempre atractivo sub-género de casas encantadas.
Dan Curtis se había curtido principalmente en el mundo de la televisión. Había obtenido un gran éxito a finales de los sesenta con la serie vampírica ‘Sombras en la oscuridad’ (‘Dark Shadows’, 1966-1971), creada por él y de la que realizó dos adaptaciones cinematográficas que permanecen injustamente en el anonimato, siendo más conocida la descafeinada versión de Tim Burton‘Pesadilla diabólica’ es la tercera película para el cine que Curtis realizó entre un montón de trabajos televisivos, muchos de hechos escritos por Richard Matheson, muestras del ingenio que poseía este director.

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Quizá por ello en el film, cuyo título original es mucho más sugerente y terrorífico que la tontería de traducción que tuvimos en nuestro país —para variar—, pueden notarse ciertos tics televisivos, sobre todo en algún que otro zoom o instantes aislados en la planificación. Sin embargo en la década de los 70 la influencia televisiva en el cine, debido a toda una generación de directores estadounidenses salidos de ella, era de lo más común. No obstante, en este caso, no es una muestra de cutrez en la puesta en escena, puesto que Curtis aprovecha sabiamente sus pocos medios para conseguir un máximo de resultados.
‘Pesadilla diabólica’ narra las vacaciones de verano que un matrimonio —pareja formada por Oliver Reed y Karen Black—, con su hijo y la tía del marido —estelar presencia de Bette Davis—, deciden pasar en una espectacular casa que han logrado alquilar por un precio bastante menor a lo razonable. Pronto empezarán a pasar cosas de lo más extraño, revelándose poco a poco que la casa en cuestión se alimenta de la energía vital de sus moradores. Tal premisa viene parte del material de la novela homónima en la que se inspira, escrita por Robert Morasco, y que Curtis leyó años antes de hacerse con el film. Curiosamente, el final del libro nunca le gustó, algo que arregló en su adaptación, ayudado en la tarea por William F. Nolan.
Uno de los grandes aciertos de ‘Pesadilla diabólica’ es la recreación de una atmósfera que, poco a poco, va apoderándose de la historia, mínima y escueta, pero contundentemente efectiva. Una atmósfera que apoya sin miramientos ni efectismo de ningún tipo, la sutileza de un guión muy trabajado, en el que todo lo que se dice se sugiere realmente, de forma que el efecto es mucho más devastador, al tomar la sugestión como arma contra el espectador hambriento de terror. Para ello está el personaje de Burguess Meredith, que con apenas diez minutos en pantalla y con pocas líneas de diálogo deja impregnada la película de cierta inquietud que se irá tornando realidad. Las frases de Meredith dicen, sin decirlo claramente, lo que realmente ocurre en la casa.
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Más tarde, en secuencias tan brutales como el incidente de la piscina entre padre e hijo, en el que Curtis planifica el cambiante rostro del actor como una amenaza latente; las numerosas visitas de Marian (Black) a la habitación de la que nunca sale la anciana mujer, dueña de la casa, o las numerosas fotografías encima del mueble, muestras de lo que sospechamos, o las impresionantes secuencias oníricas que sufre Ben (Reed) —basadas en una experiencia de la niñez del propio Dan Curtis—, muestran, a través de la sutileza, el verdadero horror que esconde el lugar que habitan. Ecos de uno de los temas predilectos de Curtis, el vampirismo, aunando con inteligencia dicho elemento con el de la casa encantada. Sublime es poco.
‘Pesadilla diabólica’ puede presumir además de introducir una secuencia subida de tono, algo muy típico en la época, y que resulte también inquietante por esa luz encendida en la ventana más alta de la casa que los vigila. También de utilizar los golpes de efectos sin cargar las tintas. Por ejemplo, la última y escalofriante aparición del chófer de un coche fúnebre, el destino del personaje de una Bette Davis que se los merienda a todos, interpretativamente hablando, o Ben yendo a buscar a Marion al final del film, encontrándose con una sorpresa/impacto inolvidable, prueba fehaciente de lo que el libro no deja claro.
Lo triste de una película como ésta es que para gran parte del público actual, el film no serviría. Acostumbrados como están a que les cuenten todo con pelos y señales —gran parte de la culpa viene de la mayoría de series de televisión—, la sutileza no sería bien recibida. Resulta extraño, y hasta irónico, viniendo de un director que aprendió mucho del oficio en la pequeña pantalla, y que sabía perfectamente que sugerir es mucho mejor que mostrar. ‘Pesadilla diabólica’ muestra a través de la sugerencia. Inolvidable.

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